
Daniel López Salort
Ha sido Roy W. Perret quien con claridad ejemplar ha puesto de manifiesto las reacciones más comunes frente a las filosofías de la India. Y decimos filosofías porque obviamente son diversas y numerosas las tendencias y corrientes que marcan el pensamiento indio (Truth, Relativism and Western Conceptions of Indian Philosophy, Asian Philosophy, Vol. 8, Issue 1, 1998). Y especifica Perret que son tres esas reacciones: que es un pensamiento “inferior” al occidental; que es exótico, romántico, no-racional; que carece de rigor lógico. Es evidente que las tres posturas son rebatibles de un modo sencillo. La primera, por el prejuicio eurocéntrico gestado a partir de algunas escrituras de Hegel, que nada conocía sobre las filosofías indias. La segunda, que las escuelas Nyaya y Vaishesika ejemplifican con nitidez el trabajo racional de siglos. La tercera, basta con recordar la similitud de los planteamientos de las categorías aristotélicas con las categorías de Kanada (siglo VI a.C.), o los universales en el mismo Aristóteles y los universales en Prashastapada (siglo VII d.C.), o la primacía del lenguaje en el acto cognoscitivo tal como se postula en Bhartrihari (siglo V d.C.).
¿Por qué necesitamos de estas referencias? Porque a la hora de comentar La Rueda Tibetana de la Vida, de Olivia Cattedra, lo primero que notamos es el doble esfuerzo que se debe realizar en un estudio occidental sobre el tema: por un lado, tratar particularmente el tema propuesto, por el otro el marco epistemológico en que se inscribe. Es decir, si alguien reflexiona sobre el sentido del eterno retorno en Nietzsche, lo más probable es que no necesite desarrollar extensamente ni lo que constituye esa noción desde los albores griegos, ni todo la zeigest nietzscheana. Se limitará, simplemente, a profundizar esa noción en la visión de Nietzsche. Olivia Cattedra debe, como todos los que investigan pensamientos no occidentales, situar el tópico y su contexto.
Y lo hace con transparencia y solidez. En este caso su propósito es analizar la iconografía del budismo tibetano sobre la llamada Rueda de la Vida. Para lo cual define histórica y conceptualmente las diversas ramas del pensamiento budista, su localización geográfica, y aspectos paradigmáticos de sus postulados: su dimensión epistemológica (el conocimiento como medio), su dimensión ética (la filosofía como praxis liberadora), su cosmovisión (teorías del karman, de la generación dependiente, de los agregados que constituyen el sujeto y el objeto, etc.). Y luego sí analiza detalladamente las características iconográficas de los mandalas, sus distintas nociones y realizaciones, sus utilizaciones filosóficas. Todo esto con abundante referencia bibliográfica, especialmente de investigadores occidentales, y meticulosas observaciones.
¿Qué le falta a este libro? Nos hubiera gustado un ahondamiento mayor en los postulados de la impermanencia, tan caros al pensar budista y que tanto incidencia tienen en el la cosmovisión vajrayana. También las inevitables referencias a las similitudes que se suscitan entre determinados postulados de Hume y de Kant sobre la conciencia y el sujeto con el budismo mahayana, o las consideraciones sobre el cuerpo de algunas corrientes fenomenológicas (como en Camus) y las teorías del budismo del norte en tal sentido, que tan en boga se hallan en estos momentos. Creemos que para la autora era extenderse más allá de los objetivos de su investigación, pues como ella misma lo estipula no se trata de un trabajo erudito ni un aporte desde la práctica confesional, sino de una aproximación descriptivo-temática, dentro de un estudio mayor sobre el ascetismo en filosofía.
Mucho más que un simple trabajo de difusión, esta obra nos permite un certero e ineludible análisis sobre tópicos del pensamiento no occidental.